|
Hoy… empezaré por presentarte una situación especifica: “Imagina que un intruso irrumpe en tu hogar y se sienta cómodamente en la sala… Desde ahí te observa y, aunque no es abiertamente agresivo, con su mirada incisiva pretende controlar tus movimientos. Al poco rato, comienza a hablar, invadiendo tu atmósfera con frases llenas de intriga y mordacidad. Desea que su sola presencia estropee tu actividad, que dudes, que cambies de planes, que tu día entero y tu quehacer se centren exclusivamente en él. Piensa un poquito al respecto y mi pregunta es: ¿Qué harías? ¿Te sientas a escucharlo y aceptas como cierto todo lo que te diga? ¿Lo atiendes con cortesía y lo invitas a comer? ¿Pides ayuda para sacarlo de tu casa? ¿Lo ignoras y sigues adelante con lo que realmente te importa? Pues ante tales interrogantes te puedo decir que el miedo es así: Una energía tóxica, degradada, que se infiltra por las rendijas de tu mente y se va apoderando, poco a poco, de tus ganas de actuar, de emprender. Cuidado porque desequilibra tus emociones, hasta lograr paralizar tu decisión y tu capacidad de crear; y por si fuera poco Invade tu vida violando cada uno de tus espacios y lo peor es que es tan astuto, que logra convencerte de que no puedes, que no debes, vivir sin él. Aquí… a diferencia del extraño e indeseable intruso del ejemplo, al miedo, por absurdo que parezca, todo el mundo no sólo lo admite, sino que lo alimenta y lo engrandece. Te aseguro que todos de alguna u otra forma, en tal o cual situación hemos sido presas indefensas; cada vez un mayor número de gente joven que oscilan entre los 15 y 40 años hoy más que nunca, se han convertido en su presa, que penetra con fuerza destructiva, sometiendo la voluntad como una marioneta… incluso anida en los rincones más íntimos del sentir. Lo irónico es que hoy día se ha legitimado esta relación sado-masoquista y hasta resulta raro o mal visto el no desear ser manipulado por sus garras. No me dejarás mentir y para muestra basta un botón; cada vez es más común escuchar afirmaciones como: “tienes que ser realista, el mal está a la vuelta de la esquina”, “todo lo negativo te puede ocurrir”, “te vas a enfermar”, “te va a hacer daño”, “nadie está a salvo “ya no se puede vivir”, “lo peor está por venir…”. ¡Bravo!, ¡Bravísimo! el miedo ha logrado plasmarse en el inconsciente colectivo y tener a una sociedad de individuos enfermos de melancolía, de agresividad y desesperanza. El miedo genera violencia y nos lanza a pelear con el prójimo, a envidiar, a arrebatar. Y esa energía sórdida y oscura cumple su profecía al provocarnos la parálisis del Amor -su opuesto- la mutua y encarnizada destrucción. Así que… ¿Hasta cuándo? Hasta que dejemos de reconocerlo como el amo y señor de nuestra vida. Hasta que dejemos de otorgar nuestro poder a ese nefasto dictador que impone lo que debemos pensar y creer, que nos arranca la inocencia, el sueño plácido, que nos impide avanzar; hasta que decidamos de modo firme y tajante no conformarnos con sobrevivir en un cuerpo dolido y amarrado con emociones corrosivas. Desearía, desde el fondo de mi corazón, que existiera un antídoto para este letal veneno, que no es otra cosa que el combustible que hace funcionar al mal, cuyo interés es controlarnos. Aunque no lo lo creas es el lado oscuro de la fuerza; pretende que no vivamos en el Amor, que no proyectemos nuestra luz, que detengamos nuestro proceso de desarrollo social, personal y sobre todo que obstaculiza cualquier relación llámese laboral, escolar, afectiva. ¿Lo habías reflexionado alguna vez? Al no haber antídoto, la forma de encararlo y vencerlo sin morir en el intento es comenzar por hacer conciencia de que el miedo es algo antinatural con lo que no debemos acostumbrarnos a convivir. Al percatarte de que “está ahí”, tan sólo obsérvalo, pero no le des la bienvenida. Mátalo con el rigor de tu desprecio; ignóralo y de inmediato piensa en algo positivo y enaltecedor. Te propongo que evoques un recuerdo bello, algo chusco que te haga reír, un lindo paisaje. Al mismo tiempo, visualiza todo lo que puedes, quieres y anhelas lograr, disfrutar y proponte hacer algo contrario a lo que el miedo te está instigando. Te sorprenderás al advertir cómo tu mente y tu acción estarán ocupadas con una nueva actitud, tendrás más energía, limpia y clara, que por oposición, impedirá que lo denso y oscuro siga creciendo en tu interior.
Ahora… sólo me resta decirte que nunca olvides que el miedo nos ancla en el pasado, a la vez que nos lanza hacia un futuro incierto e impide que vivamos el presente, que es lo único real que poseemos. Por tanto, otra manera de darle una estocada, es enfocándonos tal como lo hacen los niños en lo que estamos experimentando en este momento, gozando sus matices, su intensidad y la vivencia que nos está aportando. De ese modo, ¡por favor! no te rindas ante las crueles amenazas que se llevan tu tranquilidad, a lo que haz elegido experimentar cotidianamente en tu gran aventura personal.
|