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Sin lugar a dudas, el formato actual del informe de gobierno municipal en poco o nada se asemeja a procesos de rendición de cuentas. Es todavía, para desgracia ciudadana, parte de un entramado formal y simbólico usado con fines de legitimidad por el (los) partido(s) o grupo(s) que detentan el poder local. Lejos de acercarse a procesos efectivo de transparencia y rendición de cuentas, estos eventos son rituales que giran alrededor de la figura del presidente municipal. La alternancia en los Ayuntamientos mexicanos en muy poco ha incidido para el logro de buenos resultados de gobierno. Desde la década de los setentas, en olas graduales (parafraseando a S. Huntington) partidos van y vienen, sin embargo es el nivel de gobierno que presenta mayor ineficiencia en el bienestar de los ciudadanos. No es exagerado afirmar que los informes son imagen de obras chicas, medianas o grandes, pero desconectadas de visiones integrales locales o regionales. No es que la alternancia sea mala, pero no se ha convertido en mecanismo que incentive buenas administraciones locales. Los casos exitosos son extraordinarios, el grueso muestra resultados que rayan en la medianía. En realidad los esfuerzos por innovar este nivel de gobierno se ve truncado por el diseño constitucional. El municipio no admite reelección inmediata. En época del partido hegemónico, su duración de tres años fue un recurso para garantizar el control y circulación de actores políticos locales y como escuela de cuadros. El margen temporal nunca fue pensado para garantizar satisfactores de bienestar para la población. Fue, eso sí, espacio de espera, antesala, “congeladora” o trampolín de la política mexicana. Dicho de otro modo, la ciudadanía en tiempos de autoritarismo comenzaba y culminaba en el municipio mexicano como espacio de segunda. Con el tiempo, en la década de los ochentas, la Reforma Constitucional impulsada en el sexenio de Miguel de la Madrid Hurtado, otorgó poderes sustantivos al municipio mexicano -cierta autonomía financiera y acceso directo a recursos federales- pero la ausencia de reelección consecutiva o la ampliación del tiempo de gobierno y el vigente predominio del partido hegemónico, generó incremento de incentivos para los presidentes municipales y su cabildo, que incluía miembros de la oposición. Todos ellos han hecho de las presidencias municipales apetitosos botines de guerra. La autonomía política y financiera hizo de los municipios en México un manjar suculento para los partidos políticos. La falta de controles efectivos en el gasto municipal y/o el uso discrecional de los órganos estatales de fiscalización ha generado que hoy el municipio en México, tal y como está diseñado, sea muestra de gobiernos mediocres e incapaces. El gobierno yuxtapuesto (un partido en la presidencia municipal distinto al que controla el ejecutivo), además, ha sido factor de discordia en el ejercicio de gobierno. Las administraciones estatales y/o municipales no es raro que se vean como enemigos irreconciliables ocasionando obstrucción mutua de gestión y obra pública. Curioso, en México este tipo de conflictos no se ha convertido en promotor de competitividad y mejor transparencia. Apremia para el ayuntamiento mexicano la discusión de reformas de fondo, una de ellas, es el tema de la reelección. Otra, que debe ser discutida a la par y sin embargo es marginal, es la dureza en la sanción anticorrupción. La ley es aun ambigua, no castigar la discrecionalidad ni los malos resultados de gobierno; no hay mecanismos de análisis, seguimiento y evaluación de los planes de desarrollo municipal; hace falta un tabulador guía de salarios para las presidencias municipales; la definición de reglamentos comerciales o de transito, constituyen compendios de atraco a los contribuyentes; el servicio de carrera municipal es de plano inexistente en el país. Se trata de hacer del gobierno más cercano al ciudadano el reflejo de lo mejor de la democracia. Actualmente las presidencias municipales tienen poco que mostrar. Desafortunadamente, el segundo año de gobierno pasa inadvertido, la atención la gana quienes se inscriben en las nuevas contiendas. De tal suerte que los cantados logros, una vez pasada la administración presente, se convertirán en blanco de criticas reales o interesadas para demérito de las expectativas ciudadanas.
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